La estela del dragón domesticado: sobre mitos y fotografía Miguel Marinas

Dice una leyenda japonesa que el eclipse de sol es una negrura en la que todo se sumerge en las aguas originales. El eclipse de luna – ese que tan pocos ven y cuentan – se debe a la aparición de un dragón que se come al astro frío. Tanto pavor despierta este espectáculo que la población que lo contempla se arma de lanzas, flechas y azagayas para arrojárselas al monstruo de lo alto e impedir que la deglución, el fundido en negro, sean por completo.

Cuando nos medimos con imágenes el riesgo es claro: si aplicamos nombres y códigos para nombrar el parecido se pierde lo propio, si se acota lo peculiar nos quedamos sin palabras para transmitir lo que antes no era. Ese el juego del dragón que se conjura, o de la luz que hay que dejar salir.

En las fotos de Bea Ruibal aparece el proceso de ese dragón domesticado. ¿Del todo?.

El inicio es la visión de la madera noble, bruñida, de la cubierta del barco. Es el arranque del viaje. Si vamos de la corteza a la música que destilan las imágenes, quiere decir que se nos propone un itinerario de despojamiento. Dejar los referentes conocidos para emprender la senda de lo que no tiene código preciso.

El cine mismo, por no hablar de la literatura de aventuras (valga la redundancia) da un punto de apoyo a quien ve o a quien lee, sosteniéndole primero en su referencia movediza: dejar una tierra propia, para abrir un espacio de transición: es propio pero no es firme, es movedizo pero no es ajeno.

De una luz a otra, de un foco cercano al otro que cierra en campo por arriba. Es un espacio propio, casi clausurado sobre sí, se podría decir que es confortable, si no fuera porque su costado izquierdo se abre a un mar que no se puede aún nombrar y el fondo de la imagen deja ver la tierra prometida al navegante, por más incierta que esta sea.

No se sabe qué viene y no se quiere abandonar este espacio, este tiempo viajero, en el que sabemos que la nave va y no se detiene, pero aún no llega a destino. Quien viaja y quien blande la cámara lo hace con cautela, con movimientos sigilosos. Entiende que el objetivo es un hueco, y captura en el, en el cierre del encuadre una de las series de islas más despojadas y abiertas de todos los mares. No se sabe qué va a venir pero se encierra en ese borde gris virando a negro, difuminado pero inamovible. Ese es el tono que en que van a resonar todas las fotos. Un acorde en los registros más bajos de un órgano, de una voz de bajo cantante, que no se emite como lucimiento, como clamor, sino como una conmoción apenas  perceptible: un río de lava, un manantial de agua densa, el rezongue de un animal grande y herido…

Luego, si uno se cala las gafas de ver, las antiparras narrativas, si deja un poco en suspenso la sensación de tierra que tiembla sin moverse, vienen las historias de barcos aventureros, las historias que comienzan a babor. Cuando quien viaja se da cuenta de que no es una singladura placentera, de las que se contienen en nombres, mapas, historias locales, sino que es la asunción de un riesgo y el comienzo de la frecuentación de un borde.

Como en la cubierta de quienes van a conquistar y conversan:  pongamos a Vélez de la Gomera mirando de reojo a Sandokán, pongamos a la caricatura del galán y la actriz rescatada del paro en la cubierta del barco que va a buscar lo ominoso sin nombre (King Kong). La secuencia de imágenes mirando a barlovento, desde la Reina de África al momento en que los submarinos emergían y jugaban por un instante a ser barcos. La serie de pasajeros mirones de los siete mares y de ríos como el Nilo, sorprendidos de la ubicuidad socarrona de Hércules Poirot. Pero todas esas almadías narrativas, como para aliviar el vértigo, no tienen aquí permiso  de cabotaje, no circulan.

Aquí no hay figura humana. El despojamiento se impone desde el arranque del viaje. Es la mirada la que va despojando la calidez de la madera

Ese momento entre dos luces, brillando la boisérie de cubierta, despabilado el foco del techo, momento de tensión…porque se columbra, más allá del cierre circular de ojo de pez, el farallón de la isla. ¿Qué espera allí al viajero?

 

Las fotos dan una respuesta que se agota en sí misma. No busque quien mira nada especial. Déjese un minuto y verá que ya no vuelve a mirar del mismo modo. Es el objeto el que enseña a mirar. No es la mirada la que prefigura y aprehende. Incluso, si miramos despacio la primera foto, veremos que la temática misma del dragón es una andadera de niños, una leyenda poderosa para calmar la desazón y convertirla en miedo. El paso de la imagen, indomesticable, al mito, domesticador.

El mito abre un espacio trágico en el que los personajes están continuamente repitiendo un combate originario. El dragón está ya para siempre a los pies de los cazadores con cerbatanas o con ruidosos cartuchos de pólvora y fuegos de artificio. El dragón se queda por siempre a los pies de Miguel que lo alancea, con lanza de alabastro en Praga, con alabarda de pan de oro en los cuadros del renacimiento flamenco, con puya de piquero en todos los altares de pueblo de todos los pueblos entre Ierapetrá de Creta y Laguna de Negrillos en León.

Ya están ahí, siempre están ahí. Pero estas fotos nos los ocultan. Sabemos que están. No se dan a ver. Es uno de los regalos de las fotos: contar lo que está fuera y no se ve. Contar lo que sin verse surte efecto sobre lo que la cámara compone.

Como los ojos aterrados de un transeúnte que mira fuera de campo y allí se está dando una escena insoportable, que sólo se percibe porque sus ojos están al límite de la mirada. Más allá del estupor, de la intención de registrar la anécdota. Nos dan lo que no vemos. Por eso esta es también cámara clara.

 

¿Como catar un paisaje? ¿Cómo valorarlo? ¿Por qué preferir una textura verde, blanda a una costra gris metálica? ¿Por qué un valle abierto es mejor que un mogote denso? ¿Qué tiene una figura circular que no nos dice una lineal?

 

Está claro que estas imágenes nos enseñan que el conocimiento no es apacible. Es inquieto. Es poner nombre a la serie de indicios que no se dejan desagregar, porque de uno en uno son claros y casi tranquilos: encuadre circular como en un tondo renacentista, más que como en ojo de buey de barco – que algo de ello hay para empezar – , empaste de los colores y nitidez de las formas para dar un todo quieto, suave, todo puede nombrarse y ordenarse…si nos atenemos a los códigos de la vista. Pero la cosa inquieta cuando uno se da cuenta de que son fotos que se oyen, que abren a otra dimensión: el suspenso para escuchar.

En la malograda película última dedicada a Superman, el viajero del patio de butacas, ve brotar ante sus cansinos ojos formaciones pétreas como si fueran brotes de flores de la chistera de un mago. El efecto es dañino, además de falso, consiste –  como en la cultura del consumo en su conjunto – en acelerar los procesos, atropellar los tiempos, no dejar que nada sedimente.

La radiación (que hace que proliferen y que se detengan los elementos) provoca una vertiginosa geogonía.

En la foto del perfil oblicuo la silueta se ha apaciguado, el dorso del dragón se inclina y se hunde mansamente en el piélago plateado.

 

 

Hace falta haber meditado mucho sobre la condición de la isla. Cómo se forma y surge de pronto como una abrupta manida, cómo se derrama, pura tierra, y se contiene en un vértigo que queda para siempre trazado en los perfiles de la costa. No hay en ella playas apacibles, no hay ensenadas en las que pueda recalar nave o barquilla. Todo ese proceso geomorfo queda de nuevo en suspenso. Esas son las huellas de las intenciones de las fotos. Detener un tiempo que está siempre apuntado a una formación, a un origen imposible.

Inventar, con la cámara, un paisaje. Que es un término que no designa una cosa hecha, sino una acción. Es un conjunto que se condensa como en el hecho de entrar y hacer salir los autos damos en llamar garaje. Como un montaje, un pasaje, no son objetos quietos sino procesos de sujetos y acciones.

Así el paisaje de las islas. La cámara resuelve lo que la mirada duda. La foto reúne lo que la presencia captaría como disperso o tan abierto que no se puede propiamente nombrar.

El paisaje no está hecho, el disparador lo unifica. Por un instante. Eterno como las fotos son.

 

Eso es lo que muestra la foto más maciza.

 

En el encuadre frontal que obliga a corregir lo visto, a seguir aprendiendo de lo deshabitado. Es la isla de dos cuerpos. Que muestra visos de arena: una franja mínima entre el mar y el roquedo poderoso. Y una vegetación de árboles desmañados, híspidos. Y en ellos el barrunto de un ser legendario. De uno que estuviera escondido en la forma misma de la isla, que rompiese los reinos en los que piedra, liquen, hirsuto animal, campaban antes por sus fueros. Ahora se funden detenidos en esa floración de coco, en la carnalidad de un liquen desmesurado.

Pero es el pálpito del ser oculto el que mantiene en vilo la mirada otra vez puesta a aprender. Como un animal que se escondiera en el mimetismo de los perfiles ásperos y al mismo tiempo dotados de una cierta pilosidad amable, como de musgo.

Si la vista se fija, aparecen la venas de todo ese amalgamado, híbrido ser. Creciendo hacia lo alto como tallos despojados de intención y de cultivo. La manera de florecer de las islas vacías.

 

 

Hay una foto con las fotos

Es laberinto

Visión de acuario

Submarino

 

 

Y recuerda el montaje del tubo que al fondo muestra una aparente foto fija

Y resulta que no

Que pasa el tiempo

Que pasa un barco

Que pasa el tiempo de los barcos

 

El que queda fuera de las imágenes

Porque es su condición y su cifra

 

Miguel Marinas. Catedrático de Filosofía Moral Universidad Complutense de Madrid.

“ Sobre el lomo del dragón “ . Carmen de la Guerra . Galería de Arte. PHE06. El rapto de Europa. Revista de Crítica Cultural. 2006

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