Historia de un Viaje desde las postales Santiago B.Olmo

Cuba es desde España un viaje con ecos de exilio y de emigración. También es un viaje del reencuentro con la familia lejana, con el relato de la guerra del 98, y con las tumbas en los cementerios. El viaje a Cuba fue un señuelo de trabajo y de enriquecimiento, una salida a la depauperada realidad española. Después de la revolución, el viaje a Cuba significó la experimentación de un socialismo que se construye en español y en el trópico. Tras la caída del muro, en el “periodo especial” el viaje a Cuba se convierte en una visión del socialismo como un reducto exótico, en una inmersión en una anomalía político-económica y en un retorno al pasado. Cuba es también y sin más, la confirmación de la necesidad del socialismo: el viaje es una forma de apoyar la memoria de la ideología, reviviendo una experiencia de resistencia. Sin embargo para una gran mayoría de turistas, ese viaje conduce al exotismo de la pobreza donde la sexualidad es fácil.

Este viaje se ha transformado en una experiencia iniciática de ida y vuelta.

Mi viaje a Cuba tuvo un proceso iniciático y atravesó varias fases previas que construían un viaje en sí mismo. Cada una de estas fases significaba una pequeña aproximación, era una manera de penetrar en la isla, lentamente y desde lejos. Primero fue desde el mapa, los mitos de la historia y los símbolos; luego a través de los sabores y más tarde en la lectura. Pero vayamos por partes.

Empezaremos por la bandera.

En el imaginario simbólico cubano ha sido (y es) tan importante la bandera como la silueta del mapa de la isla. Eso resulta muy evidente en los carteles de propaganda revolucionaria que bordean las carreteras, pero también en las obras de los artistas, en el diseño gráfico o en las portadas de libros.
Mientras que en otros países latinoamericanos el mapa como silueta del territorio ha establecido una cartografía de la identidad; en Cuba el mapa y la bandera se engarzaban en una tautología, quizás porque allí la geografía es una isla, y su perímetro, contorno preciso, no depende ni del estado ni de la historia.
El caso es que mi primer contacto directo con Cuba fue a través de la bandera, de la bandera cubana. Fue en los primeros años sesenta y era la primera vez que iba a un estadio. Se celebraban en Madrid unos campeonatos iberoamericanos de atletismo. A la ceremonia de apertura me llevó Carmen, mi tía que había sido una gran deportista. El estadio se abría como una imagen grandiosa del mundo: mucha gente en las gradas, un inmenso campo verde en la luz diáfana de la tarde y un eco que magnificaba aplausos, gritos y música. De aquel día recuerdo con una extrema precisión que al finalizar pruebas o desfiles, cuando la orquesta ya no tocaba himnos nacionales o marchas deportivas, llegó cerca de nuestras gradas una gran caja repleta de banderas de todos los países participantes. Alguien empezó a repartirlas y pude escoger una de bandas azules y una estrella blanca sobre fondo rojo haciendo esquina en el extremo que correspondería al mástil. Era una bandera pequeña pero de tela, como las auténticas banderas que ondeaban en los mástiles.
Al llegar a casa empecé a averiguar de dónde era aquella bandera. En el mapamundi que aparecía en la enciclopedia, Carmen me indicó el contorno de la isla, me habló del mar Caribe, de los viajes de Colón y de la guerra del 98. No entendí demasiado pero me pareció que había escogido bien y que Cuba era un país misterioso y fascinante. Con gran cuidado guardé la bandera entre mis tesoros.
Creo que fue desde aquella experiencia con la bandera que empecé a interesarme por los mapas.
La bandera conducía al dibujo del contorno de la tierra sobre el mar, pero desde ahí, desde el mapa, empezaban a aparecer las imágenes de Varadero, palmas reales, el puerto de La Habana con la cúpula del Capitolio al fondo, la bahía de Santiago, plantaciones de tabaco o de caña, y “bohíos del interior”. Imágenes primero en blanco y negro en los fotograbados de la enciclopedia; luego más tarde postales en color o quizás coloreadas: eran los años en los que sonaba el nostálgico “Cuando salí de Cuba” de Luis Aguilé.

El sabor era la idea del pan.

Desde el descubrimiento de la bandera y del mapa, pasaron al menos diez años hasta que volví a reanudar el viaje a Cuba.
Fue a principios de los años setenta. Nuevamente fue con Carmen, mi tía. Iba a viajar a Miami, con una breve escala en San Juan de Puerto Rico, y decidió llevarme con ella. Probablemente una de las experiencias más decisivas (en ese viaje mental a Cuba) fue la llegada a San Juan: al salir del avión una lengua aire de fuego envuelve para derretir humedad y ajustar la ropa al cuerpo mediante una ola de sudor inmediato. La luz de aquella primera hora de la tarde fue también una espada punzante contra la retina. Entornar los ojos no era nada más que un parche. En el trayecto hacia la ciudad, la luz se adueña del aire mientras oscurece, luego sopla el viento y cae una lluvia rápida mientras sigue brillando el sol. Ese es el trópico. Es otro mundo, donde el cuerpo se tensa de otra manera, a la luz y al aire.
Me sorprendió reconocer con los colores cambiados la bandera cubana que había escogido en el estadio: la bandera de Puerto Rico era como la de Cuba, pero con barras rojas y estrella de cinco puntas sobre triángulo azul. Ambas son en realidad una versión de la bandera de los Estados Unidos.
Puerto Rico era una especie de anticipo de Cuba: bandera semejante, historia paralela, idéntico clima. No iríamos a Cuba, pero estábamos cerca.
Miami era muy distinto. Aparecía como una ciudad que creada para el ocio y el turismo, perdió con el tiempo su atractivo y se deslizó por una pendiente de decrepitud ya pasada muy de moda. El centro de la ciudad era una especie de desangelado conglomerado de edificios descuidados y calles desoladas, mientras que en la playa, el famoso Miami Beach, una línea de hoteles, con algunos edificios decó, ostentaba una decrepitud tan ruinosa que parecía un decorado a punto de ser demolido. Todo olía a rancio, menos la luz y el viento sabroso del mar.
Solo el lujo y la ostentación de las villas exclusivas de las islas artificiales de la “bahía vizcaina” (Byscaine Bay) parecían mantener el ritmo vital de la ciudad. Aún no habían llegado los años ochenta con momentos de gloria para la ciudad a través de la serie televisiva de Miami Vice.
Miami era un decadente centro provinciano y un centro rancio de vacaciones para parejas de jubilados. Pero estaba lleno, repleto de cubanos. Carmen me explicó de forma apresurada y breve que era el resultado del exilio, porque en Cuba hubo una revolución y mucha gente salió del país. ¿Por qué? Porque no estaban de acuerdo. Pensé que era preferible profundizar en el asunto hablando con la gente y sobre todo leyendo… En todas las tiendas, cafeterías y bares se hablaba español. Era en cierto modo como sentirse en casa. La verdad es que aquel grupo de cubanos en el exilio imprimía un carácter a aquella ciudad insulsa. Por lo demás era una ciudad repleta de parejas y grupos de ancianos que parecían contratados como extras para actuar en una película actuando como turistas. Eran ancianos que habían decidido no envejecer y se disfrazaban de jóvenes: las mujeres disimulaban a través de maquillajes exagerados y escotes no sé si impropios o improcedentes, y los hombres llevaban gorras de béisbol o camisas de estampados.
En los escaparates de las tiendas, sobre las barras de los bares y en muchos restaurantes, ondeaba una bandera cubana, bandas azules y estrella blanca sobre el triángulo rojo. Para mí era una referencia, me permitía estar integrado, pertenecer en cierta manera al grupo, pues para mí era aquella una bandera familiar que me acompañaba desde mi infancia.
Para desayunar el primer día, entramos en un bar donde ondeaba una pequeña bandera cubana y pedimos dos sándwiches de jamón y queso. Ya en pleno español, la camarera nos preguntó con la mayor naturalidad y como si estuviéramos en el ajo, como si supiéramos que ese pan era una clave de no sé qué: “¿Con pan cubano?” Yo me adelanté a Carmen y repliqué que sí que claro que sí.
Mi decepción llegó con el pan, porque el famoso “pan cubano” que anunciaban casi todos los bares, cafeterías y restaurantes, no era si no una versión poco tostada y blanda, con la textura del bollo, de una barra de pan a la española.
Mi recompensa vino con el descubrimiento de los patacones y la ropa vieja. Con el plátano maduro tenía la sensación de la indefinición de los límites (en el sentido del gusto) entre lo dulce y lo salado. Desde los sabores de la cocina, empecé a entender que Cuba tenía mucho más que ver con España de lo que había intuido desde las historias del 98.
Mientras Carmen insistía en ir a comer a un restaurante español que se llamaba La Cibeles, en el down town Miami, yo intentaba que fuéramos a cualquiera de los restaurantes cubanos que estaban en la zona de la playa.
De repente comprendí que aquel era también un viaje a Cuba, y pensé que con los países hay algo de ubicuidad y que es posible prescindir del territorio: quizás lo importante son las maneras de relacionarse, los sabores o el acento. Sí, quizás. Pero allí faltaba algo. Aún así, aquel era mi primer viaje a Cuba.

Entre el relato de la ciudad de las columnas y la ciudad de los hoteles.

Algunos años después, ya en Madrid, un amigo del colegio me descubrió a Alejo Carpentier. En sus libros, naturalmente. Y Cuba empezó para mí a fluir a través de las imágenes de La Habana desde las páginas de El siglo de las luces. Cuba se fue transformando en una sombra de La Habana y la ciudad fue asumiendo la estatura gigantesca, heroica e histórica de la gran metrópolis del Caribe. Había algo que enlazaba historia y presente: el relato empezaba en La Habana, en la placidez del interior de una casona con patio y columnas, y concluía en Madrid, cuando la protagonista se pierde en el tumulto antifrancés del 2 de mayo.
Desde las canciones de la nueva trova, desde Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, se fue abriendo la poesía cubana, y desde la salsa una percepción del propio cuerpo. Cuba empezaba a desgranarse en la distancia, lentamente, como un relato extraordinariamente complejo, abigarrado y barroco: tropical, sin más. Durante años soñé con viajar a Cuba, pero cuando eso empezó a ocurrir con cierta frecuencia, durante algunos años, casi nunca salí de La Habana.
Más que a Cuba, viajé a La Habana.
Hubo algo en la ciudad que efectivamente me atrapó para siempre. Algo situado entre la decrepitud, la nostalgia que despierta todo sistema de visualidad que está mirando hacia el pasado y esa magnificencia que casi siempre transmiten las ruinas. Pero La Habana es una ciudad viva, en plena y constante renovación. Cada vez que viajaba a La Habana tenía la sensación de llegar a una ciudad diferente.
Todo es posible dentro de las imposibilidades de La Habana.
Reconocí en la isla algunos matices de Miami, o mejor aún caí en la cuenta de cómo Cuba y lo cubano habían configurado Miami.
El sabor rancio del Miami de los años setenta se transformaba en La Habana en la decrepitud absoluta de una ciudad abandonada a sí misma y a la iniciativa espontánea de sus habitantes, eso también es el efecto “triste” del trópico.
En La Habana planea un peso de la historia, que es inexistente en Miami, pero el viajero sensible nota que la ciudad se ahoga, entra en crisis y colapsa.
Revive en una cierta tensión literaria que quizás se lee y se conoce mejor fuera que dentro. Las dinámicas del hoy se diluyen y se dilatan.
Es la mirada ajena quien puede disfrutar de un vago y finalmente triste socialismo mágico que está tan presente tanto en La Habana como en el interior de la isla. Definitivamente, en La Habana supe que no me gustaba el “pan cubano” de Miami, y que fuera de Miami, ese pan no existe. Reconocí que la cocina cubana que se hacía en Madrid, era muy superior a cualquier opción que pudiera encontrar en la Habana. En La Habana, comprendí que la huida es un recurso que supera los límites de lo literario. Que de esa ciudad con aires de metrópoli, los fotógrafos extranjeros durante años hayan transmitido un peculiar y rancio aire de postal nostálgica, rebasa con creces la hipótesis de una tragedia fotográfica.
Aunque he tenido una pasión desmedida por las postales, desde que conocí La Habana y sus recovecos (también sus postales), no puedo recibir una de esas “fotos melancólicas” travestida en postal en blanco y negro, preferiblemente con un automóvil de los años 50, sin experimentar un cierto hastío. La decrepitud de los barrios de Centro, el Cerro o el Vedado pueden transmitir la magnitud de una tragedia, pero no retratan el clima de una nostalgia.
Los grandes edificios de los años cincuenta forman entorno a la rada del Malecón un círculo de siluetas arriesgadas. El trópico degrada deprisa, pero el deterioro no aporta por sí mismo ninguna belleza a la ruina de lo moderno.
Soy Cuba, de Mijail Kalatosov, es una película épica sobre la revolución cubana, que cuenta tanto la lucha de los estudiantes habaneros contra la policía política de Batista como los avatares de la guerrilla en Sierra Maestra. Rodada en 1963 la película, con fotografía de Urushevski, refleja una Habana moderna y recién estrenada, y sus edificios parecen instalados en ese espacio privilegiado de las revistas de arquitectura.

Cuando conocí a Beatriz Ruibal y hablamos de Cuba, hablamos de fotografía, de la dificultad de mirar un paisaje tan contaminado de imágenes prefijadas, de la mecánica perversa de las postales y de la fotografía nostálgica de la decrepitud, como una falsa extensión de lo poético.
Cuando para este libro fue recuperando sus imágenes de viaje, juntos volvimos sobre la idea de la postal. Se trata como concepto fotográfico de un impulso situado entre la tentación y la quiebra de la mirada personal. La postal es una perversión fotográfica pero es también un medio privilegiado de análisis. Un libro de viaje y de fotografía debe rendir un cierto espacio a la postal porque finalmente nos ha construido una parte de nuestra sensibilidad fotográfica.
Al rebuscar entre mis recuerdos de varios viajes a Cuba, solo pude encontrar dos postales, y una de ellas titulada –como no!- Frente al malecón. Ambas postales tienen franqueo aunque nunca fueron escritas.
El Malecón es un cruce entre las gradas de la catedral de Sevilla, donde Cervantes sitúa el punto de encuentro de los pícaros, una “hoguera de las vanidades” y un “cementerio marino” pero también el paseo marítimo que mejor se usa día a día.
Entre todas las imágenes de Beatriz Ruibal, hay algunas que recorren el Malecón de La Habana y otras la carretera central, que da título a su viaje, poniendo de relieve la voluntad de plantear una mirada horizontal como si fuera un itinerario en movimiento. Son sin embargo algunas de las imágenes intermedias, esas en las que penetramos en la cotidianeidad y en los problemas de la vida de todos los días, las que probablemente reflejan más claramente la visión personal de un viaje, imprimiendo un acercamiento de intimidad. Más que los tipos pintorescos que Beatriz Ruibal encuentra en el camino, son los personajes corrientes los que estructuran un ritmo narrativo. Situaciones como una visita a una escuela en el campo o el encuentro con un grupo de niños ucranianos afectados por la catástrofe de Chernobil que siguen un tratamiento de recuperación en la isla, se convierten en episodios que dan también un sentido de reflexión y de encuentro al viaje, más allá de la mirada que se posa sobre lo diferente o sobre lo que sorprende. La diversidad de temas exhibe una flexibilidad de estilo, que permite salir de la idea del reportaje para centrarnos en una visualidad de impulsos y en una vivencia de encuentros con una realidad hecha de personas. En estas imágenes se propone el viaje visual desde la fluidez y la naturalidad, como reflejo de una experiencia personal.

Cuba es mucho más que la arquitectura y la noche de La Habana.
Por eso me pareció un hallazgo encontrar un CD titulado Maravillas de Mali, que reúne las canciones (guarachas, sones, sones montuno, guajiras, etc.) de una banda de músicos malienses que estudiaron en La Habana con el objetivo de recuperar raíces musicales africanas. Eso fue tras la independencia de Malí en 1964 (cuando yo conseguí mi bandera cubana en Madrid) y acabaron introduciendo la música cubana en África. En Malí es un grupo que no solo hizo historia, también enseñó a bailar de un modo que reúne lo africano-africano y lo africano-caribe con suavidad: ritmo cubano pero con un toque muy personal. Esa era la confirmación de un universo cubano presente por todo el mundo.

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