Diario en movimiento Silvia Llanes

Pocas obras fotográficas sobre Cuba se impondrán tanto en mi memoria como la obra de Beatriz Ruibal. Su fotografías, tributarias de un sólido concepto de honestidad y aprecio, ofrecen una mirada justa de la realidad con la que convivió – en diferentes encuentros – a lo largo de diez años; el mismo tiempo en el cual la Isla se ha acomodado, re- acomodado y acostumbrado a ser vista desde todos los ángulos posibles, por innumerables viajeros que atraídos por inexplicables maravillas, vienen, se van y regresan y dejan gráfica, fotográfica o literaria constancia y memoria de su paso por la Llave del Golfo.

El “género” de vistas de la Habana, de las villas y poblados cercanos e incluso de las ciudades que poblaban el interior de la Isla no es nuevo. A lo largo del siglo XVII y XVIII dibujantes y grabadores dejaron sus impresiones de la Mayor de las Antillas; su historia, los lugares más conocidos, los puertos, el mar que la rodea por todas partes, la vegetación y sobre todo las costumbres y los personajes que resultaban más significativos. Los primeros grabadores – holandeses, alemanes, incluso ingleses – marcaron lenguajes, temáticas y soluciones técnicas que se repitieron a lo largo de dos siglos. Muchos de los motivos que inspiraron esas vistas: mares revueltos de espumas blancas, poblados al pie de montañas y colinas, puertos con ciudades recostadas sobre la orilla del mar que parece depositarlas en tierra al tiempo que puede arrasarlas con el más mínimo desborde, bahías amplias y arrecifes de rocas de profundas grietas, barcos en medio del misterio de las olas y detrás, aún cuando no pueden percibirse, los habitantes, protagonistas de la épica batalla entre el sol, los vientos, el mar y la pequeña porción de tierra que se resiste a ser olvidada e incluso realmente atrapada en las imágenes que la ilustran.

Un imaginario visual y literario abarcó todo el siglo XIX cubano, los viajeros atraídos por el clima benigno y la belleza de los paisajes, tanto como por la dulzura de sus gentes, hicieron de la Isla un paso común y una referencia repetida, una especie de paraíso onírico, donde la crueldad de la esclavitud muchas veces se diluía en el lujurioso paisaje de plantas, flores y frutas tropicales y en un cielo azul, límpido y resplandeciente. Así que tampoco es nuevo el canto de sirena de la belleza geográfica y temperamental de la Isla, esa belleza que atrapa al viajero y casi lo obliga a dejar fe de su viaje, a llevar la huella permanente de la belleza, aún cuando ciertas manchas lo hagan dudar de haber encontrado el paraíso.

De adentro y de afuera, la necesidad de dejar evidencia del movimiento está presente en casi todos los “reportes” de viajes del siglo XIX . El habitante, el “nacional”, el criollo que se desplaza por la Isla es igualmente atrapado por la tendencia a la magia de un paisaje embrujado y de un aire que obliga a plasmar memoria y trascendencia de ese “exotismo” familiar que a fuerza de conocido parece natural. El carácter descriptivo de tantas novelas, el colorido ambiental de la poesía y presencia de una literatura explícitamente de viajeros como la inolvidable “Excursión a Vuelta Abajo” de Cirilo Villaverde, ejemplifican la fascinación que ejerce la Isla sobre sus observadores y la tendencia a ser representada por aquellos que la observan.

Los relatos de lugares, la descripción de paisajes, la fuerza para intentar atrapar la luz, el asombro ante el ritmo y el desenvolvimiento de los habitantes marca la literatura de viajeros extranjeros a Cuba en el siglo XIX. Diferentes posiciones, más o menos críticas, más o menos bucólicas ilustran un nutrido catálogo de hombres y mujeres que por diferentes motivos arriban a estas tierras, luego son las letras y la gráfica quienes devienen memoria personal primero y universal después de su paso por la Isla. Los espacios económicos y culturales son considerados tan interesantes como el entorno e incluso parte de la geografía natural y del paisaje, las aventuras, salidas de la travesía por mar y tierra de estos viajeros, expresan el afán por dominar y llevar en la memoria un espacio que se desprende y huye, permanece en movimiento, inasible tanto como acogedor y cálido. De estos viajeros quizás sea el ojo crítico y descriptivo de Samuel Hazard el que deje mejor referencia de su paso por la Isla, “Cuba a pluma y lápiz”, escrito con preciosismo e ilustrado con atractivo didactismo establece un modelo de entendimiento dentro del género, el cual posee sus variantes románticas como las visiones – no siempre idílicas de las “viajeras” – decimonónicas.

Atrapados en la Isla, asentados en ella, recurrentes visitantes del paraíso que como las olas, se van pero retornan… Para ellos el viaje se vuelve no sólo una aventura, también una búsqueda. El viajero al volver a su espacio nunca será el mismo, llevará en sí el recuerdo y la enseñanza de los lugares recorridos. ¿Qué llevan al regreso los viajeros de paso por la Habana?, ¿qué recuerdos de la Isla son imperecederos en el corazón y en la memoria? ¿es posible pensar en la identificación del que llega con el otro? ¿cuánto de beneficio personal y de mejoramiento humano se intercambia entre el viajero y su espectador? Cinco siglos de abrir y cerrar puertas, de recibir y despedir visitantes ya deberían haber aportado alguna respuesta. Pero cada viajero es en sí una pregunta y una contestación, un ojo para juzgar y a veces para asentar una imagen que en ocasiones nos dejará perplejos: ¿ acaso somos así, tal como nos miras?

Como los viajeros del siglo XIX, como las viajeras al Caribe que recorrieron la Isla hace más de un siglo, Beatriz Ruibal ha querido dejar su propio “diario de viaje” de su visita a Cuba. Extrañamente y quien sabe por qué misteriosos avatares del destino su colección de fotos sobre Cuba, más que una memoria de sus repetidas visitas, es la constatación de cómo fue transformándose de visitante a propietaria del espíritu de esta tierra.

Poseedora de una intensa mirada crítica, la compensa perfectamente con una dulzura indomable. Gracias a estas virtudes, el paisaje y sus habitantes fueron ofreciéndoseles de una forma natural. A su paso – cámara en mano – el habitante de Cuba, aparentemente fácil de ser atrapado se le fue entregando y allí donde la campiña y la ciudad se hicieron suyas; hombres y mujeres levantaron sus ojos – no siempre complacientes – al ojo de su cámara para quedarse por siempre en la oscura caja de sus ojos.

Como una exploradora hace su mapa de recuerdos, como una aventurera define su itinerario dejando espacio al azar y la casualidad. Como una mujer sensible, cada imagen del viaje, más que ilustrar sus idas y venidas a través del Atlántico, sirve para definir la representación de un pueblo que le respondía como si formara parte de él.

Las imágenes de Beatriz Ruibal – incluso en las más hermosas vistas: el mar, la puesta de sol, el muro abatido por las olas, la palma – no son el resultado de estudiados recursos fotográficos, fueron en su momento la necesidad de expresarse a través de la belleza como en otras fotos es la expresividad o la “fealdad” cotidiana los motivos de atención. Es posible que toda su persona transpire, junto con el inconfundible olor a Bea, cierto aroma de comprensión y respeto y por eso la Isla se muestre, en sus poses más recónditas, ante ella y le descubra el acontecer cotidiano de un pueblo definido por su capacidad de vivir. Cuba empezó a dejar de ser una incógnita desde su primer viaje y luego a partir del segundo ya no hubo más secretos.

La difícil tarea de perseguir y atrapar la verdadera luz del trópico, el equilibrio entre movimiento y dinamismo que marca el ritmo del cubano, el choteo discreto puesto que, la que fotografiaba era una dama, el piropo constante, las visiones surreales en plena calle – puntualmente fotografiadas en los pies negros con sandalias blancas – fueron las constantes de su diario fotográfico en Cuba; siempre moviéndose de un lugar a otro, de una hora a la otra, de un estado de ánimo a otro y de las noches livianamente frescas al cansancio indefinido de las mañanas sudadas y el calor denso sobre el cuerpo y el pelo recién lavado.

Muchas de sus fotografías están tan cercanas a las expresiones nacionales que me recuerdan imágenes ya vistas. Los hombres y los adolescentes trabajando me rememoran a Raúl Corrales, la gente, las calles, las transparencias de los cristales, las ciudades a medio construir – preferiblemente a decir a medio destruir – me remiten a Mayito, a Gonzo González, a Abascal, a Mayol, los campesinos y cañeros están peligrosamente cercanos a Pepe Martí o a Raúl Cañibano; tanto más si esta cercanía es puramente del espíritu porque me consta que conformar una referencia visual de la fotografía cubana no ha sido para ella una tarea priorizada.

Cercana y sabiéndola en un principio ajena, más me asombra el dramatismo natural de muchas de sus imágenes, la nostalgia que despiertan en mi muchas de sus fotos – una sensación sin posibilidades de narración cuando junto a mi amiga Estela contemplamos la entrada de Tarará, juntas frente a la pantalla del ordenador y fue casi posible sentir el peso de eso que los portugueses llaman saudade. Hombres, niños y viejos; mujeres quietas y sonrientes, tanta gente paseando, andando, mirando de frente o de reojo y ninguno parece estar retratado por un “extranjero”, ¿qué brisa hechizada, aquella que en el siglo XIX, absorbía la atención de los viajeros; descendió sobre la cámara de Beatriz Ruibal?

Es posible que al proponerse una fotografía íntima y no la búsqueda de una imagen imperecedera, al producirse el cambio de un viaje oficial a uno personal, la realidad llegara más claramente hasta ella. De afuera hacia adentro, de lo general a lo particular, de lo que todos pueden ver a lo que sólo vio su alma, se produjo una visión irrepetible del campo y la ciudad, un foto-reportaje personal, un relato propio.

Su relato gráfico sobre Cuba es de una fidelidad sorprendente, desde los hombres hasta los edificios. Los encuadres, las composiciones, los juegos de luces y sombras aún en las fotos más perfectas, pierden protagonismo ante la intensidad de la mirada y la sinceridad con que retrata la Isla. Estas son imágenes de “ida y vuelta” , atrapadas en su lugar de origen, una vez contempladas y publicadas, volverán al lugar original ¿cómo verán los cubanos estas fotos? ¿se sentirán parte de ese mundo que ella muestra? ¿se mantendrá la magia de la adopción ante las imágenes y sin la fotógrafa lista para explicarlas?

Pudiera desear todas las fotos, incluso quien sabe si pudiera tenerlas, pero para mi memoria nada igualaría la imagen de dos niñas bajo el árbol; desconocidas que hablan en otra lengua, que piensan en otras tradiciones que tratan de sobrevivir de una tragedia que no fue mía y que extrañamente me hacen recordar el Paraíso del poeta: ir con las niñas de la mano, por un aire tan puro que ilumina, su sola transparencia los desganos, de quien no más se lo imagina. Y estar donde el estar es la manera , de ser en que se cumple todo, los castos árboles y la quimera, tal como son y nunca de otro modo (1).

Silvia Llanes Torres.

Ciudad de la Habana, mayo/2005. Texto escrito para el libro “Carretera Central” . Ediciones Aldeasa. Colección foto. 2005

(1) Elíseo Diego, Muestrario del mundo o libro de las maravillas de Boloña.

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